d’Esther L. Calderón

Logronyo, Pepitas de Calabaza, octubre 2024.
205 pàgs.

Un grupo de amigos come pipas en un banco de un parque de Maliaño, pueblo-ciudad en la periferia de Santander. Tienen 17 años y la perspectiva, para la mayoría, es irse, como dice la canción de Laura Pausini que adoptan como himno y cantan con rabia: «Marco se fue parar no volver…» Son la generación que estrenó la ESO, además de plazas y edificios escolares nuevos, y la que vio como la de los primos mayores caía bajo la pandemia de la heroína. Son la generación sobre la cual tanto los abuelos que dejaron el campo y la vida rural, como los padres que se convirtieron en clase media y compraron una segunda residencia proyectan todas las esperanzas de un… ¿ascenso social? ¿De un vivir con más comodidades? ¿De un trabajo «sentado»…? Han crecido con la promesa del progreso, pero cuando les llega la hora son víctimas de la crisis del 2008 y la del coronavirus –entre otras.

A partir de este grupo de amigos, de sus amores y desamores, de las desgracias que les toca digerir juntos, y de los anhelos de cada uno de ellos, la autora dibuja un fresco que abarca tres generaciones, y que va mucho más allá de Maliaño, con un tono siempre vibrante que, a veces, flirtea con el ensayo y la crónica periodística sin perder ni una pizca de energía y demostrando una lucidez y una capacidad analíticas muy envidiables que, como cualquier buen retrato generacional, no se olvida de la ironía cuando toca.

«Imagina un pueblo con todo lo bueno del pueblo y todo lo bueno de la ciudad.
Es 2021 y el mundo ha cambiado.
Es 2021 y España entera busca casa en ese nuevo lugar que tiene todo lo bueno del pueblo y de la ciudad, aunque nadie sabe si existe. Los de la periferia de antes, los del centro de antes, todos buscan.
Un nuevo edén.
Casa con wifi. Comunicada, dentro del mundo pero fuera, sin cortes de conexión, lejos y cerca a la vez, que una cosa es irse y otra aislarse. Los precios están subiendo: todos buscan, los precios suben. Las parcelas que nadie quería se están vendiendo. Casa con wifi y comunidad. Aunque no sé en qué pueblos ha estado esa España que busca la comunidad en un pueblo. AL menos en el norte lo de la comunidad es un animal huidizo en el mismo peligro de extinción que en Madrid. Casa con wifi, comunidad y espacio para un huerto, lo suficientemente grande para plantar tomates que sepan a lo que tienen que saber. (…)
Es 2021 y hay símbolos.
Los adolescentes que comían pipas en los bancos tienen hoy uno muy concreto: un tomate.
El tomate que un hombre o una mujer pegado a un ordenador ha hecho crecer, desde la planta de diez centímetros del semillero al fruto rojísimo, como un corazón latiendo, es el nuevo símbolo del éxito.
Del éxito neorrural nómada.
El nuevo ego de nuestra generación es hoy un tomate rojo y con sabor a sí mismo. A esencia. Después de traerlo de América en La Pinta o La Niña, quizá en la Santa María, y exportarlo a Europa en masa desde los invernaderos de Murcia y Almería, el que dispara los significados es sin embargo otro tomate.
Uno de los de antes.»