de Álvaro Enrigue

El inmenso talento del autor de esta novela-ensayo-dietario-libro de historia sobre la vida y las aventuras del mítico Gerónimo, el último gran jefe apache, queda demostrado ya en el planteo que el mexicano Álvaro Enrigue asume a la hora de explicar la compleja figura del chamán de guerra. Lo hace desde tantos puntos de vista com le es posible, sabedor que al personaje no se la ha hecho suficiente justicia desde ningún lado: ni los que lo han mitificado com el último defensor de los derechos y territorios índios, ni los que lo han retratado como un sanguinario indomable en decenas de westerns, ni tan siquiera los que se han dedicado a descalificar sus últimos años, encerrado en una reserva, dejándose entrevistar a troche y moche y siendo humillado como una figura circense por pueblos y ciudades de Texas y Arizona. Enrigue elige no dejarse ninguna vertiente, para presentar a Gerónimo de manera poliédrica, jugando con géneros y estilos literarios.

Así, por un lado tenemos una primera historia de corte clásico, que bien podría haber filmado John Ford (o, para ser fieles al espíritu del libro, Alejandro González Iñárritu): una mujer blanca es secuestrada por una pandilla de chiricahuas, después de arrasar su rancho, y, para rescatarla, se organiza una partida de soldados mexicanos y voluntaris de lo más pintoresco -que incluyen una cabaretera vestida de monja y dos índios rarámuris excarcelados para la ocasión. A lo largo de las tres partes de la novela, asistimos a los progresos de unos y otros: la brutal conversión de la mujer a las costumbres indias, y la lenta persecución del grupo por territorios cada vez más alejados de su civilización y con el agravante de tener que traspasar una frontera, la de los Estados Unidos, que para los apaches no supone ningún inconveniente. Pero, en paralelo, Enrigue narra, a manera de road movie familiar, el viaje que emprende con su esposa (también escritora) y sus hijos desde Nueva York, donde viven, hasta la tierra de los apaches, incluida una visita a la tumba de Gerónimo y a la reservación de San Carlos, Arizona. Una serie de excursiones y experiencias que le permiten reflexionar sobre la identidad, las fronteras, las migraciones, su condición de mexicano viviendo en EUA, las tensas relaciones entre los dos países, mientras desgrana teorías sobre la vida de Gerónimo, otro “mexicano” que acabó viviendo en suelo yanqui -y que los norteamericanos han “nacionalizado”, a pesar de que antes lo hubieran presentado como el peor de sus enemigos.

¡Pero todavía hay más! Porque, en la segunda parte, Enrigue decide presentar, en forma de Álbum, una batería de personajes históricos, a quienes sitúa en momentos muy concretos de la vida del jefe apache. Así conocemos a generales norteamericanos como McMillan, Parker y Miles y al mexicano Estrada, pero también a militares de menos rango como el capitán Lawton, el teniente Gatewood, ¡e incluso al presidente Groover Cleveland o a Pancho Villa! Todos ellos tendrán (tuvieron), en algún momento, relación directa con Gerónimo o con su destino, ya fuera combatiéndole, parlamentando con él o custodiándole. Y en sus cruces con él aprenderemos su rol dentro la jerarquía india, porque por las páginas también circulan otros grandes jefes: de Mangas Coloradas a Cochise, pasando por Naiche, Cuchillo Negro o Victorio. Y viviremos sus rituales, venganzas y rivalidades porque, por si no lo sabían, los apaches no eran una tribu homogénea, sino un conjunto de pueblos de lengua atapascana entre los que hay que diferenciar gileños de mimbreños, chiricauhas de jicarillas y mescaleros, entre otros.

La gran suerte de contar con el talento de Enrigue es que sabe manejar la información sin convertir el conjunto en el pastiche en el que habría desembocado en manos poco diestras. Al contrario: incluso consigue, en un tour de force final muy meritorio, que converjan todas las tramas en una sola voz narrativa, que es a la vez un alegato en favor de la hermandad entre los pueblos, una denuncia del colonialismo y un homenaje a los militares que cumplieron la palabra dada a Gerónimo y a los últimos apaches para conseguir su rendición definitiva.

 “Gerónimo era un hombre elocuente (…). La frase de su rendición ante Crook comienza en un tono elegíaco sobre la forma de vida de su comunidad, tal como debieron comenzar las alocuciones que hacía frente a los guerreros cuando los preparaba para el combate o ante los niños cuando les contaba las historias de Coyote: el Ulises de los apaches. Es curioso, en cualquier caso, que sea siempre la primera parte de la frase de la rendición la que se cita: «Antes me movía como el viento», cuando lo que importa es la segunda, el momento en que la sentencia se desmorona, representando el final abrupto de una forma de vida. «Ahora me rindo y eso es todo.» Es una frase que se cae, como el sol rapidísimo de los trópicos, como un águila perforada por el plomo de un imbécil, como Cuauhtémoc, el primer gran militar americano que se rindió frente a un blanco: ‘Águila en caída’, ‘Sol que cae’, quería decir su nombre. Un final no demanda elaboración: «Ahora me rindo y eso es todo», las palabras de un hombre serio.